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Estás escuchando curiosidades de la historia de historia National Geographic? Hoy hablaremos de ir de tiendas en la Edad Media, entre el lujo y la necesidad. Un poeta francés del siglo XIII, Gullón de Vílchez, contaba su experiencia al pasar un día por las calles y mercados de París, donde a cada paso oía a los comerciantes y tenderos ofreciéndole los más diversos productos, desde pan, frutas y vino hasta zapatos, vestidos o muebles. El número de mercancías para vender es tan considerable que no puedo dejar de gastar, y si comprara tan sólo una muestra de cada especie, consumiría toda mi fortuna.

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Así he gastado lo poco que tenía. La pobreza me atormenta. He vendido hasta mis vestidos. La glotonería me ha dejado desplumado y ya no sé qué será de mí ni adónde ir. En la Edad Media, pues, se daban ya los casos de compradores compulsivos incapaces de resistir los cantos de sirena de los productos en oferta. Si una pequeña villa contaba tan sólo con un mercado semanal en el que se vendían sobretodo productos locales y frecuentado por campesinos que compraban o intercambiaban alimentos y enseres de primera necesidad, en las grandes ciudades, la oferta se diversificada enormemente.

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Tiendas permanentes y comerciantes especializados, así como grandes ferias y mercados periódicos. Sin contar con los vendedores ambulantes que recorrían sin cesar las calles. Ofrecían un amplísimo surtido de productos para todas las necesidades y todos los niveles adquisitivo.

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Si nos desplazaremos alguna de las grandes ciudades comerciales de la Europa medieval, ya sea París, Brujas, Londres, Venecia, Amberes, Frankfurt, Cracovia o Burgos. Quizás lo primero que notaríamos serían los olores. El de los mataderos tenía fama de ser el peor de todos. Pero los siguientes serían los sonidos y el bullicio incesante, las gentes que caminaban y parloteaba, los animales de carga y los de corral, los perros, los carros, los artistas callejeros, los mendigos, las campanas, los predicadores y por encima de todos los pregoneros que anunciaban una asamblea municipal o un comunicado del Rey y los propios vendedores que ofertaban sus artículos.

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Los anuncios eran sonoros y las ofertas se gritaban en medio de esta algarabía que generaba no pocas disputas. Se vendía y se compraba. Los productos a la venta eran variadísimos pieles, paños, cerámicas, artículos de madera y de hierro, frutas, legumbres, hortalizas, cereales, pan, cerveza, licores, hierbas medicinales derivados animales y pescado en algunos lugares. Los artículos más caros eran, por regla general, los importados, entre los que se encontraban a veces el aceite y el vino, así como las sedas, lanas, perfumes, especias y azúcar.

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Los productos podían comprarse en mercados o ferias, pero también en los mismos talleres de los artesanos, fueran carpinteros, sastres o orfebres. Éstos se agrupaban en función de sus oficios en calles que tomaban el nombre del gremio predominante. Los carniceros y los pescaderos fueron los primeros en diferenciar, por razones de higiene, un espacio para la venta y otro para el almacenamiento del producto que normalmente correspondía al cobertizo. Esta estructura de dos plantas fue convirtiéndose paulatinamente en el modelo de tienda medieval.

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La parte superior destinada a almacén, taller o vivienda del artesano o comerciante. A veces. Todo ello al mismo tiempo. Frecuentemente sobresalía un poco. Era común en estos casos abrir una trampilla en el suelo de este saliente del piso superior que permitiese al dueño asomarse cuando los clientes tocaban la campanilla. Algunas de esas trampillas aún pueden verse en edificaciones de época medieval. A finales de la Edad Media las tiendas eran locales relativamente pequeños normalmente alquilados. Que se disponían en hileras en las calles centrales de las ciudades.

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Los artículos se vendían a través de una ventana que hacía las veces de mostrador, como muestran algunas ilustraciones de la época de ciertos establecimientos, sobretodo panaderías. Pero también había tiendas en el interior del local, con el suelo normalmente revestido de azulejos. Un mostrador paralelo a la pared y la mayor parte de los productos expuestos. Las ventanas de vidrio y con ellas los escaparates sólo se populariza harían a partir del siglo XVIII. Junto a las tiendas particulares, en las grandes ciudades existían también mercados permanentes situados en lugares centrales cercanos a una iglesia o al Ayuntamiento, o bien en las afueras de la ciudad, cuando ocupaban mucho espacio.

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Las autoridades crearon construcciones estables para resguardar a los comerciantes, primero de madera y después de piedra, por ejemplo, siguiendo el modelo del mercado del ESAL de París, en 1282 se erigió en Londres un mercado de madera cubierto de stocks que entre 1406 y 1411 fue sustituido por una estructura de piedra de tres plantas. En su nivel inferior se situaron las tiendas de comestibles, mientras que las superiores se reservaron a los pañeros y alojamientos para las personas de paso en la ciudad.

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La cobertura parcial o total de un mercado favorecía la preservación de los productos a la venta, al igual que las arcadas que protegían del viento, de la lluvia y de la nieve, al tiempo que permitían exponer el producto, combinándose muchas veces con toldos y persianas. También facilitaba la labor de todos aquellos que trabajaban con papel, desde las autoridades que regulaban el comercio hasta los incipientes banqueros, pasando por los intermediarios y los vendedores de libros. La coexistencia de espacios abiertos y cerrados, temporales y permanentes, acabó definiendo la esencia de los mercados, igual que había puestos de bebidas y de comida rápida, carnes cocinadas, guisos dulces, etcétera.

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Había también tabernas y otros establecimientos similares para que vendedores y clientes pudieran beber, comer y dormir. Los mercados eran ámbitos de comercio y de relación social a la vez y con el tiempo. Todo ello daría lugar a las grandes plazas públicas.

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Algo que no podía faltar en los mercados medievales era la picota, es decir, el lugar en el que eran expuestos los pequeños y medianos delincuentes, así como los restos de los ejecutados, entre ellos los ladrones que merodeaban constantemente por los mercados y que si eran pillados, eran ahorcados. Hoy mismo se los exhibía durante las horas de mayor afluencia de público y sufrían insultos y burlas mientras les lanzaban barro, basura o comida podrida. Las autoridades tan sólo prohibían arrojarles piedras, objetos punzantes.

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Por último, las urbes de cierta importancia contaban asimismo con ferias y mercados que se celebraban periódicamente en el siglo XIII en París. Existían tres de estas ferias la de Zampó, la de San GÉRMEN y la de Lendi. Esta última, que duraba 14 días, del 11 al 24 de junio, era la más importante de todas. El rey, obligada a todos los mercaderes de París a participar en ella, y éstos acudían en una procesión encabezada por el clero de Notre-Dame.

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Tal como decía una poesía de la época que Dios guarde de peligros a todos los buenos mercaderes que están, que tienen grandes riquezas, que Dios los favorezca a todos. Si te ha gustado este podcast, puedes suscribirte a nuestro canal, en el que iremos publicando regularmente nuevos contenidos. Además, recuerda que también puedes suscribirte a la revista Historia National Geographic en formato papel o en digital a través de la web historia ng punto com barra suscripción.